Ya mi padre no está y no tiene caso. Cada mata de café lleva su nombre, cada vereda tiene una explicación; hasta las amargas pacayas que el me enseñó a comer. Este paraje es muy lindo, hay una roca sobre la poza que se forma en este recodo. Desde ahí se puede uno echar un clavado, cuidado con la parte baja nada más. Me desnudo y me lanzo, ¿Será el último? Al caer, siento el agua fría entrando hasta mi alma, relajante, vigorizante. Empiezo a nadar con movimientos suaves y lánguidos, de espaldas, floto, cierro los ojos, siento el agua muy fría… ¡Prendan el calentador! Me tengo que bañar rápido, hoy nos dan las notas. Creo que me fué mal y no las quiero ir a recibir. Me visto y me voy a la parada. Puntual la “12” para y me subo. Cuanto quisiera sentarme hasta atrás, pero los en primaria eso sólo es un sueño. Veo todas la calles que he aprendido a conocer. Tantos años en este bus. A la media hora el bus llega y se estaciona, me bajo y camino lentamente, ¿Así caminará un condenado? Llego a la clase y el cura entra, sin rodeos empieza a llamar: “Olivares… Espinoza… Musella… Pretti… Parellada… Cada uno es mi cuate, hemos crecido juntos, desde el arenero hasta los columpios. Una vez incluso nos metimos al Monte María para ver que es lo de a huevo que los grandes encuentran ahí… vemos muchas niñas, ¡Angeles! Pero nada que nos indique que es lo que vamos a ver. ¡Muchá ahi viene una monja! Corremos sin poder parar de reir, nos pasamos de regreso… “Mejicanos… Gramajo… Orellana… Maselli… Con cada uno de ellos he jugado beis, basket y miles de cosas más. Hemos agarrado zompopos de mayo y comido membrillo de los que Quique el de la “12” lleva a vender. Para el terremoto, regresamos y el colegio se había caído ¡El sueño dorado de cada niño! Tuvimos vacaciones casi dos meses. Evertz… Moll… Villacorta… Perdí el año. En el recreo salgo y camino, los pies me llevan fuera del colegio y camino, sigo caminando, mucho tiempo, veo cosas que nunca había visto, sólo camino. Estoy más asustado que nunca, estoy llorando un poquito. La responsabilidad que cae sobre mi pesa mucho más que los 11 años que he vivido. Veo unos árboles al lado de la carretera y me siento a descansar, que rico es sentir esta sombra, veo con envidia a un pajarito, el no tiene que ir al colegio, ni sacar buenas notas, ni ser bueno en beis, ni tiene que jugar fut. Cierro los ojos, mi espalda descansa contra el arbol… siento el sol acariciandome la cara, abro los ojos y me dejo llevar un poco por la corriente. Todo el verde de la vida me rodea.
Aquí crecí. Cada vacación vine, cada vacación nade aquí, caminé aquí. Cuando era muy pequeño me regalaron una gallina y un gallo. Al rato tenía muchas. Cada una poniendo huevos que se convertían en pollitos, yo no entendía porque, pero me gustaba. Me robaba el arroz de la despensa para darles de comer. Me encantaba vivir aquí. Cuando tuve edad de entrar al colegio, tuve que dejar mis gallinas, mis árboles y mi vida. Me acuerdo de cada vez que he venido aquí, de cada raspón, de cada hueso roto, de cada uno de los ondazos que el Lipe, hijo del carpintero, me pegó cuando éramos niños. Estoy cansado, salgo a la arena y me acuesto bajo el sol a secarme. No existe nada como eso. Las luces tornasol que atraviezan las hojas me dan sueño, cierro los ojos, me abandono a este delicioso descanso… Llegué tarde a formación, pero sólo un demérito. Casi. Pasan lista y marchamos a la clase. Yo tengo clases especiales porque no hablo inglés, la Sister Mary Leo con toda la paciencia de las sisters, se sienta conmigo y empieza a enseñarme. Los mejicanos me han enseñado lo que tengo que saber para no meterme en clavos. Pero inglés no se. Ya me gané el escudo de la gorra, pero me falta mucho todavía, no se que significan los comandos, pero, voy aprendiendo. Hace un mes se fué mi mama. Al siguiente fin de semana, me puse el uniforme de gala, gorra azul, escudo dorado, uniforme azul con detalles azul claro y dorado. Corbata. Bajé y esperé. Mi mamá no llego. Subí a mi cuarto y me puse el uniforme de diario, botas negras pantalón y camisa kaki, sueter azul y gorra azul. Esa noche lloro como un niño de 12 años. Cierro los ojos, tengo 12 años, me tapo la cara, lloro… El sol se puso un poco fuerte, ya no estaba tan cómodo. Estoy seco, me visto y empiezo a caminar de regreso a la casona. En el camino, arranco un banano y me lo como. No quiero regresar. Me quiero quedar aquí. Se que al llegar, me voy a subir al carro y me regreso a Guate, diciendo adiós a este lugar. Diciendo adiós a mi vida. Las nubes se están juntando, me encanta cuando llueve, todo huele a nuevo. Las bandadas de pericas pasan saludando después. La vereda no está seca, a cada paso, el lodo se aferra a mis botas. Ya sé, esta tierra no quiere dejarme ir, como un desesperado amante, se aferra a mi, sabiendo que es inevitable, no está en mi el quedarme.
Paro a descansar un poquito, todavía me queda como una hora de camino para llegar a la casona, me siento en una piedra y cierro los ojos, este descanso ya era necesario… “In recognition of your qualities of leadership and outstanding performance as a cadet, Alvaro Villacorta, you have been promoted to the rank of sergeant of the Corps of Cadets at Linton Hall Military School… Step forward Sergeant Villacorta…” doy un paso al frente y empiezo a marchar, ya son casi dos años, soy alguien diferente al patojito llorón que vino aquí hace un tiempo. Voy marchando frente a todo el colegio a recibir mi ascenso… Llego hasta donde está el comandante DuCharme, saludo, bajo la mano y recibo my pitas de sargento y mi diploma. Hoy en la noche lo voy a coser en mi uniforme. JA, si me vieran mi papá y mi abuelo ahorita, si me viera Juan Carlos. Regreso a mi pelotón. Estoy lleno de orgullo, pero sé que me lo gané. Hoy hay mucho sol y estoy sudando bajo el uniforme, pero no importa. ¡Ya soy sargento! Regreso a mi puesto, bajo el fusil al suelo, y me pongo firmes. “In recognition of your qualities of leadership and outstanding performance as a cadet, Louis Sarchet… Robert Helton… Richard Schrom… Victórico Lemini… Rommel Natividad… Carlos Rodríguez… Ashton Flemmings… Todos son mis amigos, he vivido día y noche con cada uno de ellos por casi dos años, ellos son mi familia. Hay mucho calor, las pitas de sargento me queman, cierro los ojos, me apoyo en el fusil un poquito… Me levanto de la piedra y sigo caminando. Desde aquí veo la casona, el corazón se me parte en dos, esta es mi vida y tengo que dejarla.
La finca ya no es mía. Tuve que pedir permiso al dueño de mis tierras para venir. Mi cama es de otro hombre, esa cama me ha recibido incontables noches después de un día duro. Mi vida es de otro. La casona se acerca más, pero todavía está algo lejos. En la piedrona donde cada vez que paso escribo mi nombre y la fecha paro a descansar. A la derecha el bambú crece desde el barranco, pero me alcanza aún. Hay cientos de fechas, la más vieja es de 1971, la más nueva es de hace cinco horas. Entre ellas, cada una tiene una historia. Las veo y cierro los ojos, la piedra me dá su apoyo… ¡Hay frío aquí! Este cine si está un poco dificil. Es demasiado largo. Agarro el kicker y le doy con la rodilla derecha, mientras con la izquierda me arrastro a todo lo largo de la pared. La alfombra tiene que quedar muy tensa, todas las reglas de clavos están en su lugar. Bueno, esta pared ya está. “¡Nene!” Mi apodo, “¡Nene! Vení hermano, hay que cortar unas reglas de aluminio.” Héctor Peccorini, guanaco, huyó de El Salvador por la guerra… Todos me dicen el nene, tengo 18 años pero parezco de mucho menos. Llego hasta la sierra y me pongo los audífonos. Odio el ruido de cortar metal. Hector me prestó su van para vivir, mi casa es la acera de su casa, mi baño es su baño, me dió su mano, es mi amigo. San Francisco es duro, pero puedo, me da hambre si, pero trabajo y puedo saciarla. Los desvelos son muchos, pero puedo. Mi padre me llama casi todos los días: “–Estás bien m’hijo? No necesitas dinero?” Si lo necesito, pero tengo que ganarmelo yo. Ya hasta logré comprarme un ford pinto modelo 72. No tiene una sola pieza del mismo color que otra, pero he logrado llegar hasta Seattle al norte, y hasta San Diego en el sur. Este si es mi carro. El ruido se hace cada vez más insoportable, mientras voy llegando al borde opuesto de la regla de aluminio. Todavía me faltan algunas. Oigo a Jaime insultando al martillo, que con alevosía, le dió en el dedo. Es mi room mate en la van. Yo estoy en la tercera fila de asientos, el en la segunda. Nos venimos juntos, hemos sufrido juntos, pero también hemos reido juntos. Tiene mi edad, pero el cumplió los 18 aquí. El, yo, un six-pack de cerveza, un paquete de Winston y una caja de Chicken Unlimited fueron su fiesta. Pero nos reimos toda la noche. Fué alegre. Ya terminé. Me voy a sentar un rato en una de las butacas, son las 2 de la mañana, pero este es el horario en que los cines están cerrados. Ayer Jaime y yo nos quedamos en este complejo de cines, y con el pretexto de revisar nuestro trabajo, vimos cada una de las películas. No dormimos. Hoy, no aguantamos. Me siento y cierro los ojos un rato… Cada uno de mis pasos se está haciendo más pesado, ya llegué al almácigo que está atras del tanque, cada una de esas bolsas de tierra llevan mi firma, cada matita es mi hija, cada hoja es mi amor.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Ya no las voy a ver más. Ahí está el tanque, nosotros lo usábamos de piscina, era alegre. El agua verdosa tiene mucho de no cambiarse, de plano el dueño no lo usa. Se la pierde. Aquí aprendí a nadar, aquí pase calores y muchas cosas, pero el tanque siempre estuvo aquí. Quiero meterme, pero ya no tengo fuerzas, de todos modos, me siento en la orilla y recuerdo, cierro los ojos y recuerdo… “Muchá, ese material tiene que entrar al medio AHORITA…” El trabajo en agencia es duro, cansado y muy desvelado, pero me gusta, estoy trabajando para casarme, para tener algo que ofrecer, ella está en guate, pero no importa, este fin de semana nos vemos para ver como va lo del civil. Su tío nos va a casar, pero la recepción es en a casa de mi tía en la Antigua. Ni mi papá ni mi tío están ya, pero creo que ambos habrían gozado. Esa casa si es increíble, cada cuarto y cada pasillo está lleno de historia, cada cosa está en el lugar donde debería estar. No hay objetos de más ni de menos. Mi mamá y mis tías van a hacer toda la cena. Yo llevo todo el licor y las aguas. Ella sólo tiene que llegar. Tengo ilusión, me muero de ganas por estar allí. “Esos negativos salieron mal, pero la campaña le gustó al cliente…” El paisa es un poco seco a la hora de apreciar nuestro trabajo. Por primera vez soy director creativo, es cansado, pero muy satisfactorio. En una semana es legal, en dos es ante Dios y luego para siempre. Ah que rico, una semanota en Cancún, nadando, buceando y arena blanca… Además de las parrandas.
Me recuesto en mi silla y cierro los ojos, que rico… Ya llegué a la cocina, las despedidas no son mi fuerte, pero esta gente han sido mi familia, en especial Delfino que me enseñó tanto. Tono Marroquín… Sebastián Tomás… Delfino Mendez (Cosme Damián Baíl)… Nicolás Mendez… Las noches en el tronco de la bodega, hablando babosadas sin luz, oyendo las canciones de Nico, que es el de la guitarra, Juan Ramón contando anécdotas de cuando era caporal… ¿Hace cuanto? ¡60 años! Juan Ramón es el más viejo. De vez en cuando se oye un perro ladrando, ¿A qué? Sólo el sabe. Esta carretera de piedra es como mi cuna, los patios de café, la secadora, el motor diesel… Ah, la secadora… Ahí pase una noche con la pierna rota, no podía ir a Coatepeque, entonces pasé velando el café, con Delfino, fumando y con algún eventual trago de indita. Que noche, dolor afuera, pero con el corazón y el alma llenos, satisfechos.
Tengo ganas de cerrar los ojos, en el corredor de la casona, me siento a ver las montañas, me sé de memoria cada recodo, cada arbol que sobresale, cada forma. Cierro los ojos, siento una brisita…Hace frío, esta banca si es dura, pero no importa. Hace un rato, me dijeron: “– Se murió Lito…” Ese era un viejazo, el mejor hombre que he conocido, además de mi padre. Mi abuelo. Estuvo viéndome con el pecho hinchado de orgullo cuando al fin me gradué del colegio. Se dieron todos los reconocimientos. Pasé bajo el arco de sables. “Lawrence Rollins, your class of 1979 Valedictorian…” El discurso de Larry, ese si sabe hablar. Me volteo desde la primera fila y veo a mi abuelo, sonríe conmigo y me hace señas de que preste atención. Este viejo si tiene mi corazón. Se me fué. Todavía lo puedo escuchar, oir sus risas. Sentir su abrazo fuerte, de hombre grande o ¿Grande hombre? Ambos. Se me fué el viejo… ya es de madrugada, yo sigo sentado aquí no se donde estoy, sólo caminé, me sente y lo recordé. Era un viejazo. Cierro los ojos, aprieto mis brazos contra el pecho, tengo frío adentro…
Delfino, muy respetuoso, me tiende la mano. Este hombre respetuoso de mi “status” de patrón me tiende la mano. Yo lo abrazo, este hombre con su “status” de caporal es mi verdadero amigo, mentor, compañero. ¿Cuántas veces caminamos juntos? ¿Cuántas cosas me enseñó? Delfino llora, ambos lo hacemos, son lágrimas de hombres, de amigos hechos y forjados en la selva, con los ojos tan llenos de hojas y el alma tan llena de este sol que somos hermanos. Ah Delfino, lo voy a extrañar. Un amigo de verdad. Juan Ramón no deja de llorar. Pobre viejito. El me conoce desde que no podía caminar, desde que no hablaba y no era más que un trozo de ser humano, envuelto en frazadas. Juan Ramón es sabio. ¿Cuanta gente no pasó por aquí? Lencho, el marchante, con sus coloridos y dulcísimos alborotos. El padrecito español, que venía a decir misa a la capilla de la finca. Frente a la imagen de San Martín. Siempre entrábamos a conversar con el, antes de salir a caminar. San Martín también me vio hacerme hombre. Me voy a despedir de el también. Entro a la capillita y ahí está, con su perro y su tez negra como esta tierra, es como un viejo amigo. Cierro los ojos, apretando la lágrimas…¡Qué buena parranda!
Hacía mucho tiempo que Juan Carlos y yo no salíamos a parrandear. Juan Carlos, mi hermano, mi amigo. Cada momento que pasé con el, fué diferente. Para las travesuras, éramos creativísimos. Esta salida fué buena, Juan Carlos fué a dejar a su novia y yo regresé a mi casa. Todavía estaba sonriendo cuando me bajé del carro. Abrí la puerta de mi casa y me topé con mi primo, Rodolfo… ¿Rodolfo? ¿A las dos de la mañana? Me abraza, yo, en medio de mi parranda, todavía no alcanzaba a comprender. “–Mataron a tu papá y al tío Pipo” entre la bruma de esta declaración, mi cerebro no comprendía, mi corazón no aceptaba… Ellos dos eran indestructibles, es mentira. ¿Mi papá y mi tío? Pero si no le he dicho a mi papá todo lo que lo quiero… ¿Mi… Papá y… mi tío? Pero si a mi papá no lo abracé antes de irse… es mentira.
Lo veo acostado, en un sueño que ya sólo el podrá disfrutar. Con su tacuche azul obscurísimo y rayas casi imperceptibles, le doy el beso que no pude darle… Talvéz no es demasiado tarde… Ese es mi corazón hablando. No sabe lo que dice. Mi papá se fué sin ese abrazo de su hijo mayor. De su primogénito. Se fué. Me quito el arete y se lo meto en el bolsillo del pecho de su tacuche. A el no le gustaba. Creo que desde su sueño le va a gustar este gesto. Cierro los ojos y le aprieto la mano por última vez…San Martín se despidió, me mando un poquito de lluvia, talvez esta tierra está llorando como yo. La Julia, esposa de Delfino, tan recatada y seria como todas las mujeres de aquí: “–Alvarito, le hice una su gallinita y arroz, ‘pa que almuerce antes de irse.” Esta señora noble, me dió de comer desde que nací. Esta tierra y estos parajes vieron mi transformación. Vieron mi alma desarrollarse. Aquí leí mi primer libro completo: “La mansión del misterio verde” Yo quería ser así, parte de la tierra, como una raiz. Viviendo aquí, teniendo esta húmeda y negra tierra como vivienda.
Sin pedir nada más que estas lluvias. Estoy almorzando con Delfino (El ya se fué también) nos acordamos de todo lo que hice aquí, de cada trago que nos tomamos, de cada paso que dimos, de cada aguacero que recibimos. En un momento de la plática, cuando me recuerda el día que decidí irme, cierro los ojos para borrarlo… “¡Es niña!” Nunca en los días de mi vida he llorado así, abracé a mi mamá y lloré lo que no he llorado en todos los años de mi vida. Es chiquitita, rosadita y con los labios como una fresita. Es mía. Es lo único que puedo decir que realmente es mío. M’hijita, mi María Leonor, mi angel, mi vida entera. Mi esposa está todavía en la sala de partos. El doctor es su tío, entonces no me aflijo. Lloro y disfruto todas las felicitaciones que me dan. Pero sólo pienso en esa bebé que me han dicho es mía. ¡Mía! Al fin salimos del hospital. Ya mi niña viene a su casa, a empezar su vida. Sé que va a llorar, que va a caerse, que se va a lastimar. ¿Cómo evitarlo? Enseñandole a levantarse, a salir adelante. Que vida. Con Maria Leonor recostada en mi brazo, llego a la cama y me recuesto, no puedo dejar de verla, cierro los ojos un rato, estoy cansado…
En la vuelta pasada, dejé atrás mi vida, que ahora es de otro. El resto del camino ya no me importa. Es igual que cualquier otro. Este era especial porque era mío. Ya quedó atras gran parte de mi vida, y gran parte de las personas que la compartieron, ya no están. Sólo quiero manejar, irme, llegar a la carretera e irme. Tengo hambre, este restaurante me conoce. Coatepeque me conoce. Pero creo que no nos veremos más. El almuerzo estaba delicioso como cada vez que pasé por aquí. Me siento en mi silla y veo hacia afuera. Ya todo está cambiando, ya todo es diferente. Cierro los ojos y respiro la riqueza de olores de este lugar… Ah, ya está cayendo el sol, se ve increible desde este balcón. Todavía hay árboles, los sanates llevan ya mucho tiempo con su deliciosa sinfonía. Siento la brisa de este atardecer, siento que ha pasado mucho tiempo. Como si fueran 35 años. Sólo fueron unos segundos, mientras tuve los ojos cerrados. Vi un sueño, ví el sueño de mi vida. Ah, que vida. Quiero soñar, quiero soñar… quiero soñar.
